01 noviembre 2010

La calle Real, 1 de noviembre

La calle Real es la arteria principal del pueblo en el que vivo. Te lleva directamente a la Plaza de Toros, a la Policía, al Hospital o al Cementerio. España está condensada en los posibles destinos de esta monárquica calle, y hoy, es día de flores y homenajes a los muertos.


He salido a comprar el pan y el periódico, y me he cruzado con una señora que llevaba varias bolsas del supermercado. La frase de la bolsa, en grande dice algo parecido a: “Ahorra Más, porque tú te lo mereces todo”. De la bolsa, sobresalen flores de plástico de colores vivos, y la mujer camina por la acera derecha, la que lleva al cementerio. Colores vivos para los muertos, “tú te lo mereces todo”, no puedo evitar sonreír ante esta macabra casualidad.


Una chica me para con el fin de pedirme dinero, “por favor, ¿me podría dejar 40 céntimos que me faltan para llamar?”, no entiendo por qué me pide una cantidad tan concreta, la noto desorientada, quizás no sepa que está en la calle de los toros, del hospital, de la poli, del cementerio.


Ya tengo el periódico, finísimo hoy, y leo alguna noticia triste, como la del accidente de coche de ayer, en Soto, en el que falleció una criaturita de 9 meses. Pienso en los muertos, los que de verdad están muertos, también en los que, estando muertos, siguen muy vivos, y en la cantidad de gente que conozco que, por muy vivos que estén, están más muertos que los habitantes del cementerio que hay al final de la calle, la calle de los reyes, la del hospital y de la poli, la de los toros toritos guapos.

Vuelvo a casa saturado de nubes grises en mi corazón, y cuando llego, no hay correos, no hay llamadas, sólo mis tortugas rusas que me miran con cara de hambre, como si leer a Dostoïevsky les hubiese abierto el apetito.


Quizás el único momento interesante del día, de esta mañana surrealista y española, ha sido el comentario de la panadera, la más mona de las tres, que, mientras me atendía, expresaba en voz alta el hambre que tenía. “Ya va siendo hora de desayunar”, le digo, amablemente. Me sonríe, y añade: “sí, porque tengo tanta hambre que me comería a un cliente…”, me despido, mientras termina su frase, comprometedora: “¡enterito!”… en la panadería sólo hay dos señoras muy mayores, con flores para muertos, y yo. Al salir, noto el mordisquito virtual de la panadera real en mi nuca, instintivamente, me doy la vuelta, y me está mirando, sonreímos de nuevo, los dos, agradezco la simpatía de su piropo con la mirada, ella lo sabe; me marcho, tengo dos tortugas hambrientas que también me están esperando, dos guitarras desafinadas, y toda una tarde silenciosa por delante, en la que, probablemente, se me vuelva a escapar una lagrimita. Pero esa lagrimita me estará diciendo que estoy vivo, que todavía no ha llegado el momento de ir al hospital, o al cementerio, el que está al final de la calle Real.

Foto, Juanjo

27 septiembre 2008

Paul Newman

Eduardo Benavente, James Dean, John Lennon, Coluche, Bob Marley, Poch, Marilyn, Freddie Mercury, George Harrison, Jim Morrison, Serge Gainsbourg, y ahora Paul Newman…


Este lugar cada vez está más vacío. Cada vez siento más el vacío que hay en él.


Hay días, como hoy, en los que preferiría estar allí, con ellos.

28 mayo 2008

Ya no estaré

Ya no me busques al lado de una Fuente Wallace rellenando mi botella de agua dudosamente potable, ni creas verme cruzando el Pont d'Arcole, porque no seré yo. No estaré en l'Étoile Manquante, desayunando a tu salud, escribiéndote mientras Paris despierta despacito, con resaca de turistas y chalados. No me moriré de calor en una cabina de la Rue de Rivoli, escuchando cómo tu teléfono comunica, ni sacaré fotos de monumentos desde el suelo, ni compraré tebeos antiguos en les quais de la Seine. Y sobre todo, no pretendas encontrarme en aquel rinconcito que te enseñé, ese lugar tranquilo, mi pequeño escondite, porque no volveré a sentarme allí; porque mañana, el tiempo volverá a nacer, después de haberse muerto durante diecisiete meses.

Foto: Juanjo, uno de mis lugares preferidos de París, desde otro ángulo.

Hélas, je quitte (enfin) Paris


Foto: Juanjo, todo llega, tarde o temprano.

11 mayo 2008

El viaje


Los primeros aviones acaban de despegar, y en ellos, se agolpan los que tenían prisa. Algunos no han podido encontrar billete, pero para eso están los Trenes de Alta Velocidad. He oído los rugientes motores de coches potentes que dejaban las marcas de sus ruedas en el asfalto, desapareciendo como flechas hacia su destino inmediato.

Todo esto no tiene nada que ver conmigo; en mi caso, el tiempo es lo de menos.

Camino sin maletas hacia la vieja estación. El caudal del río es abundante y el agua corre más que yo. Me entretiene ver cómo un tronco a la deriva me adelanta, como cuando era pequeño y enrollaba un billete de metro usado –era un barco-, y me dedicaba a seguirlo para verlo navegar por las peligrosas corrientes de los “caniveaux” de Levallois, en aquellos tiempos en los que Nintendo no había parido su primera consola; y le seguía y le seguía, hasta que me tropezaba con algún adulto, que siempre están ahí cortando el rollo, haciéndome perder de vista para siempre a mi barquito.

No sabría decir si hace frío o calor, porque no me he dado ni cuenta. Mi mente divaga entre mis tres diarios: el de mi pasado, que tiene páginas imposibles de arrancar, el de mi presente, que me gusta cada vez menos, y el que me queda por escribir, éste me importa muy poco.

Lo que sé es que he decidido marcharme como vine, sin fiestas ni fuegos artificiales, y como mi destino está todavía por definir, no me importa llegar antes o después.

La estación está desierta. Me pregunto si es real o estoy empezando a soñar despierto. No sé si estoy en París, Madrid, en un lugar del pasado o empezando a caer en la espiral de la eternidad.

Subo al vagón, y momentos después, minutos, ¿horas.? el tren arranca. Me he colado en primera clase, bueno… qué demonios, por una vez… puede que el viaje sea largo, aunque, a medida que me voy alejando de la ciudad, la luz se va apagando lentamente.

Y sin luz, hasta las sombras dejan de existir.

Foto: Juanjo, Estación de Austerlitz

01 mayo 2008

Mayo


"Sous les pavés, la plage..."

Foto: Juanjo, "Muguet et Pavé, La Sorbonne". Hoy es 1 de mayo 2008 pero hace tiempo, comprendimos que bajo las calles, sólo estaba el metro.

04 abril 2008

Problemas Técnicos


He comprobado que la moderación de comentarios de Blogger no funciona debidamente. El resultado es que no llego ni siquiera a optar por publicar o rechazar, los mensajes, simplemente, no llegan. Esta funcionalidad había sido activada sólo porque estaba teniendo problemas con la inserción de mensajes automáticos, que incluían links sospechosos. Desactivo, pues, dicha moderación, y pido disculpas a quien haya podido pensar que su comentario no era publicado por cualquier otro motivo.

Los comentarios de quien me honra con su presencia y su lectura, hacen que sea todavía más agradable compartir las vivencias de este Gato Callejero y de su Sombra.

Espero que nadie se haya sentido molesto por estos problemas técnicos, y pido, de nuevo, disculpas por los trastornos que haya podido ocasionar. Un beso especial a Tulipa y Gabu, quienes me han hecho conocer este hecho, y un abrazo fuerte a quienes, no viendo sus comentarios publicados, se hayan sentido censurados. Nada más lejos de mi intención.

Foto: "Letras perdidas", Juanjo

30 marzo 2008

Une histoire d'amour (1)

¿Quieres navegar conmigo por el Sena?
Contigo navego hasta en el Manzanares.
Tendremos que luchar contra la corriente.
Es mejor que quedarse anclados.
Me gustan tanto tus respuestas.
Y a mí estar así, pegaditos.
Anda, dame un beso.
Uno, no: catorce.
¡Chulito!
Y tú: ¡Guapa!

Foto: Juanjo

15 marzo 2008

Escenas olvidadas

Era bello aquel momento,
el rodar era cariño
y dispuse en atrapar
los momentos más antiguos.

El primero de mi vida
hasta la primera parada,
mis largos juegos pueriles,
mi corta noche romántica.

Es muy malo el quererte
como te quiero yo,
sin ninguna condición
me entrego a ti enteramente.
¡Cuántas las noches me absorbes
para formar nuestra unión!
pero otras tantas en cambio...

Son escenas olvidadas
repetidas tantas veces.
No se ama a los sumisos,
simplemente se les quiere.

Dame un abrazo muy fuerte,
nunca lamentes ni olvides,
con la cabeza bien alta
deja que seque esa lágrima.

Eres persona independiente,
pero el amor es depender.
Solamente me amarás
si son paralelos los vaivenes.
¡Cuántas las noches me absorbes
para formar nuestra unión!
pero otras tantas en cambio...

Son escenas olvidadas...

Gemán Coppini se cansó probablemente de recibir escupitajos con la primera formación de Siniestro Total, en su fase más punk. Con Teo Cardalda, dejó perplejos a críticos y fieles seguidores del pop español, con un primer disco de presentación que resultó impactante, un ramito de canciones algo jazzísticas, pero llenas de lirismo, aunque fueran malos tiempos para la lírica.

Las composiciones de Golpes Bajos son un interesante legado cultural de los ochenta.

Al disolverse, Teo formó Cómplices, y Germán grabó algún disco en solitario. Se juntó con Nacho Cano para aquel EP de tres canciones que incluía la más comercial "Chupito de amor", y la dramática "Pepito Grillo", y con Teo para recopilar los temas de Golpes Bajos más alguna novedad, pero la magia había desaparecido.

He resaltado mi estrofa preferida

26 febrero 2008

Caracoles

- ¿Dices que volaste?

- Te lo juro. Noté cómo algo me agarraba y me desplazaba por el aire a velocidad de vértigo.

- ¿Serían extraterrestres?

- No lo sé, lo que sé es que en menos de dos segundos contemplé el suelo desde tanta altura que reconocí perfectamente la frontera que delimita la Zona Gris. Y qué velocidad…

- ¿Qué pasó después?

- Me bajó tan rápido que vi pasar toda mi vida en un instante, pero cuando creí que iba a estamparme, me depositó con suavidad en las Tierras Verdes. Todavía me mareo al recordarlo.

- Ya…

- ¿No me crees?

- Creo que eres un soñador, y que nos quedan todavía dos kilómetros para llegar al campo.

- Dos kilómetros… tardaremos años…

- (Creo que en lugar de comer lechuga, ha fumado hierba)

- (Creo que fue cosa de los Marcianos)

En una ocasión, estuve a punto de pisar un caracolito errante, extraviado en una calle muy transitada. Lo cogí con cuidado y lo deposité en un jardín.

Me pregunto qué pensaría aquél caracol en ese momento.

06 enero 2008

Insurrección

¿Dónde estabas entonces, cuando tanto te necesité?
Nadie es mejor que nadie, pero tú creíste vencer.
Si lloré ante tu puerta, de nada sirvió.

Barras de bar, vertederos de amor
Os enseñé mi trocito peor:
Retales de mi vida, fotos a contraluz...

Me siento hoy como un halcón herido por las flechas de la incertidumbre.

Me corto el pelo una y otra vez; me quiero defender.

Dame mi alma y déjame en paz,
Quiero intentar no volver a caer...
Pequeñas tretas para continuar en la brecha

Me siento hoy como un halcón llamado a las filas de la insurrección.

El Último de la Fila

Hubo algún momento en el que quisiera haber desaparecido de la faz de la Tierra... en el que los cuervos se acercaban a mí buscando arrancarme los ojos, dándome por muerto... tiempos en los que el Cielo parecía haber conspirado con el Infierno contra mí... y mi propio espejo devolvía una imagen dantesca de mí. Me hiciste tanta falta, que no alcanzo a comprender por qué te reafirmaste en tu postura, creyendo que era lo mejor, que hacías bien, y que no tenías que tenderme la mano, porque era como ceder ante un enemigo (inexistente). No pude contar con nadie, ni siquiera contigo.

Derramé océanos de lágrimas esperándote, despidiéndome, bajo tu ventana, en tu portal, de madrugada o a plena luz del día, y fue inútil no poner límites a mi sensibilidad, por ridículo que resultara ante los ojos de los demás, porque los hombres no lloran; y no sirvió de nada que vieras la tristeza reflejada en mi mirada.

El alcohol me hizo vomitar pasajes de mi vida en los lugares más sórdidos de la ciudad, aquellos en los que las copas se burlaban de mí, viendo mis capacidades tan mermadas que no era capaz de articular las consonantes de mi propio nombre, dejándome, al día siguiente, recuerdos borrosos de mis noches infernales con sabor a aspirina doble.

Las dudas me hieren hoy como balas que atraviesan mi cuerpo, sin lograr acabar con mi vida, y sigo en pie, intentando comprender... pero en mi cabeza no existen alfabetos ni cifras, sólo signos de interrogación, que me hacen tropezar.

Y sonrío, y me quedo serio, y quiero cambiar mi imagen, y pongo canciones que me permiten recuperar cierta cordura, como si la locura me atacase desde diversos flancos y buscase cualquier medio para vencerla.

Mi vida te pertenece porque, sin pedírmela, decidí entregártela. Ahora, convencido... creyendo estar convencido, de lo poco que te importa, quiero que me la devuelvas, porque no la necesitas.

No quiero verme de nuevo en el suelo; quizás por eso, a pesar de mi debilidad y de mi poca fe, intento inventar nuevos argumentos que me hagan ver que soy capaz de seguir adelante.

Porque hoy, por fin, quiero rebelarme contra ti. Porque hoy, al fin, he decidido que, por pequeño que sea, tengo derecho a ser yo quien decide, quien dice "no".

22 diciembre 2007

Imposible


Si algún día, acepto el significado de la palabra "imposible", ese día, dejaré de ser un niño.
Soñar sigue siendo lo más razonable, en un mundo que está perdiendo la razón.

Foto: Juanjo, París en diciembre. "Seamos razonables, exijamos lo imposible".

21 octubre 2007

¡Viva la revolución!


Ayer me adentré en una preciosa petite galerie parisienne, para comprobar que un jersey, con la imagen de Che Guevara, costaba 560 euros, más caro que el de Bugs Bunny o el de los Beatles. Esta es la revolución, la victoria del capitalismo, del nuevo milenio.

Foto: Juanjo, 20 de octubre 2007, durante un paseo largo y solitario por las calles de París.

04 septiembre 2007

La sombra del gato


Era un día sin luz, y un día sin luz es un día sin sombra.

Sombra salió a recorrer las calles mojadas por una débil lluvia estúpida de septiembre, idéntica a la que había bañado el mes de agosto en una ciudad sin verano. Buscaba en vano un recuerdo que pudiera rescatar su alma del abismo donde se había refugiado, pisando charcos sin darse cuenta. Al pasar junto a los árboles de una calle secundaria, la voz de una luciérnaga le sopló al oído una canción: "Keep your head to the sky". Miró hacia arriba, y descubrió entre las hojas al Gato Callejero, que jugaba con los cuatro puntos cardinales, desorientando al viento. Sólo había que mirar. Sonrió por dentro, esa es la sonrisa más cálida, y regresó bajo un cielo azul, consciente de su existencia.

Foto: Juanjo, 2 de septiembre 2007. ¿Has encontrado al Gato?

22 agosto 2007

Retrovisor

De pronto fui consciente de lo que iba dejando atrás. El camino, reflejado en el espejo, me trajo cientos de recuerdos de un duro trayecto, pero la carretera seguía devorando mis neumáticos, tragándose el tiempo con voracidad, sin apenas masticarlo.

Foto tomada mientras recorría en sentido negativo mis odiados 1.255 kms.

22 julio 2007

Les Mystères de Paris


¿Es un reparador de maniquíes? o... ¿Un coleccionista de cuerpos sin cabeza?

Ten cuidado. La verdad está frente a tus ojos.

Foto: Juanjo. Si sientes curiosidad, haz clic en la foto, pero no olvides lo que le ocurrió al gato.

07 julio 2007

Sol y lluvia (Madrid-París)


"Je me presse de rire de tout, de peur d'être obligé d'en pleurer." (Beaumarchais)

17 junio 2007

El desgaste

Recorrieron kilómetros y kilómetros. Esperaron bajo la lluvia, corrieron entre árboles y risas, cruzaron fronteras, alternando en cada trayecto ilusión y desilusión, bailaron con torpe elegancia, saltaron para intentar alcanzar un balcón inalcanzable, y así, paso a paso, se fueron desgastando.

Ayer me tuve que comprar unos zapatos nuevos, porque los que tenía me dijeron que estaban muy cansados, y que ya no podían continuar.

También me compré una nariz de payaso, mais ça, c’est une autre histoire.

10 junio 2007

El Tiempo Perdido

Foto: Juanjo, abril 2007

Marcel Proust desgranó su pasado intentando recuperar el tiempo perdido, pero el tiempo avanza, nunca retrocede, y nos hace caminar, inexorablemente, hacia el final. Por eso, cada segundo es un don preciado, cada minuto, un tesoro, y el vacío de las horas cuando las horas están vacías, es una pérdida definitiva, porque el tiempo es irrecuperable.

02 mayo 2007

La bicicleta amarilla (The Yellow Cab)


No te puedo invitar a conocer la ciudad en un deportivo de lujo, lo único que tengo es esta vieja bicicleta, pero pedalearé por los dos, y sus ruedas aguantarán.

Si te vienes a pasear conmigo, te enseñaré cosas que sólo se pueden ver desde aquí.

Entremos, despacito, en el mundo de los sueños.

Foto: El otro día me encontré con esta bicicleta chatarrosa... pero tan encantadora...

27 abril 2007

STOP! In the name of love


Una chica en bicicleta, parada en el semáforo, vio que yo estaba sacando esta foto. Miró hacia arriba, y vio que la luz roja era, en realidad, un corazón Quizás había pasado cientos de veces al lado sin darse cuenta. Se dio la vuelta y, asintiendo con la cabeza, me lanzó una sonrisa cariñosa.

Párate, detén el ritmo frenético del tren de tu vida, y mira con atención, porque puedes dejar escapar algo que nunca volverás a ver.

20 abril 2007

Mi bosque

Un ogro monstruoso, más grande que siete casas, llegó al bosque, para acabar con las hadas. Quería arrojar tierra sobre sus alas para que no pudieran volar nunca más. Pretendía aplastar a los gnomos, espachurrar a los elfos, bajar el volumen del Sol, mandar la Luna a Marte, y robar los sueños de los erizos y de las ardillas, para matar la imaginación y las ilusiones. Decidí que tenía que luchar con él, aunque sólo tenía un escudo hecho con una sartén, y una espada de madera. Pero era mejor luchar, que quedarse aletargado el resto de mi vida.

Cuando el ogro me vio, tan pequeño, se echó a reír con tanta fuerza que se atragantó. Hizo un ruido tremendo al desplomarse contra el suelo, y su alma se fue al infierno de los malos.

Hoy hemos convertido su cuerpo en un parque de atracciones. Las hadas ríen felices en el túnel del amor que hemos cavado por debajo de su cabeza, los gnomos se deslizan por la montaña rusa de su barrigón, los elfos organizan visitas desde otros bosques, así tienen descuento, el Sol brilla como nunca y la Luna guía a los que se extravían por la zona. Los erizos y las ardillas pasan las noches soñando, y yo, con la sartén, he preparado una buena cena para ti (siempre habrá una buena cena para ti). La madera de mi espada arde en la chimenea.

Ven, ven a mi bosque, estás invitada, y aquí, no hay ogros.

05 abril 2007

Breve historia de amor

Un tren eléctrico salió del sur, dirección norte, mientras una locomotora se despedía del norte, camino del sur. Circulaban por vías paralelas. En un punto incalculable (por mucho que se empeñen los maestros de enseñanza primaria en intentar hacernos creer que es posible conocer el lugar exacto), se cruzaron. El flechazo fue instantáneo. "¿Te vienes conmigo? Voy hacia el norte" "No puedo, vengo de allí, y voy hacia el sur". El encuentro fue tan breve que no tuvieron tiempo para ponerse de acuerdo, porque la vida transcurre muy deprisa en el mundo de los trenes.

Años después, Locomotora vivía sus últimos días en una vía muerta, cuando llegó, viejito y cansado, Tren Eléctrico. Quisieron decirse lo mucho que se querían, y que la vida, separados, había sido tediosa, sin más aliciente que ver las vacas a su paso. Se miraron, y una chispita chispeó, antes de cerrar sus ojos para siempre.

25 diciembre 2006

Todo lo que está escrito se convertirá en un recuerdo...

(le journal d'un chat de gouttière)
... y los recuerdos no construyen el presente, sólo alimentan el pasado.
No creo que haya título más sugerente para un libro, que el de Milán Kundera, "La Insoportable Levedad del Ser" ("L'insoutenable Légèreté de l'Être", ¿cuál te gusta más? hay un matiz...).
Hoy la vida me parece tan leve que me cuesta sobrellevar su peso, en una paradoja intensa y constante. No duermo, y por lo tanto, no sueño dormido. Y cuando estoy despierto, no vivo consciente, por lo que no sé si estoy todavía metido en un sueño que termina, o en una realidad que no asumo.

Dentro de nueve días, me marcho, voy a vivir una temporada en Francia, al lado de París. Desde allí, y en cuanto pueda, contaré nuevas historias de un gato callejero, que vive maullando a una luna fría. Les nuits seront encore plus longues. Espero que nos veamos muy pronto.
Un beso, y el más cálido de mis maullidos. Seguíré ronroneando... ¿seguirás acaricándome?

16 diciembre 2006

Ritmo

Has llegado con tu sonrisa corta, a menudo mal interpretada. Los necios creían que eras irónico, los que te conocimos sabemos que eras auténtico. Te has llevado un botellín de Mahou para el camino, y un cigarro en la boca, de los que no se venden en los estancos, o quizás sí, en Amsterdam. Los grandes músicos desaparecidos han acondicionado un local de ensayo entre las Nubes del Cielo y las Calderas del Infierno, y te esperan con los amplis encendidos y varias cajas de cerveza. Las Jams allí van a ser ahora mucho más divertidas, y puede que Dios tenga que regañaros de vez en cuando por el ruido.

Cuando haya tormenta, sabré que estás disfrutando con tu batería, y recordaré las cintas que grababas cuando tocábamos, y que estudiábamos detalladamente en tu casa, mientras tus hermanitas querían a toda costa quedarse en la habitación para escuchar cómo destrozábamos nuestras propias canciones.

Las cajas de ritmo reventarán antes que tú.

Sigue adelantando a los metrónomos, aunque las canciones se aceleren. Los escenarios te recordarán, los músicos te echamos de menos.

Un día, oiré la llamada y me marcharé por fin de aquí. Cuando llegue mi hora, enciende el micro y enchufa los pedales de las guitarras, porque acudiré a los ensayos con un par de púas chulas entre los dedos, y, claro, la foto en mi bolsillo de la princesita que nunca me quiso. Romperemos todas las partituras, haremos un grupo en el Infierno, actuaremos en el Cielo. Tengo ganas de empezar, la espera se me está haciendo larga.
Ayer, supe que había fallecido el mejor batería con el que he tocado jamás. Murió por sus excesos, y aunque era de esperar, esta mañana, he sorprendido a mi guitarra llorando en un rincón.

26 noviembre 2006

La Noche

Me puse tan elegante para la ocasión que arranqué así su primera sonrisa de la noche. Supongo que sonrió también por la cara de idiota que se me quedó al verla. Yo, trajeado, que ya es bastante cómico, y dibujando con los ojos el contorno de su cuerpo, delicadamente cubierto por un vestido imposible. “¡Qué guapa eres!” (¡Qué original soy!).

En mi casa, todo estaba preparado para una cena apetitosa, de las que despiertan todos los sentidos. El equipo de música simulaba con calidad digital el sonido particular de los discos analógicos, y la luz tenue recordaba la letra de una vieja canción. Olía bien, el horno, otro de mis aliados, terminaba de cocinar el plato fuerte, patatas con salmón, que había improvisado para ella. Sentados en el sofá, compartíamos exquisitos entrantes, langostinos frescos, foie con confit de frambuesa, tostas de queso fundido, y un buen vino. Nuestra conversación era fluida, y sin pactarlo, vi que habíamos despedido por esta noche al Pasado, tan inoportuno a veces, así que sólo estábamos ella, yo, y ese algo mágico que se va creando en el ambiente y que no tiene nombre. Solemos comer despacio, y tras un par de horas, y dos botellas vacías, se estiró y me dijo que se iba a tumbar, mientras yo preparaba la fondue de chocolate con frutas variadas. Toda la casa olía a chocolate. Me levanté para ir a la cocina, pero me retuvo y me regaló un beso inesperadamente explícito. Con las piernas temblando, fui a por el postre, y al volver, la imagen con la que me encontré es una de las más bellas que jamás he visto. Estaba tumbada, recostada de lado, y la postura de sus piernas dejaba ver el tipo de medias que había estrenado para esta noche especial. Sus ojos brillaban ante la luz de la vela que traspasaba con descaro el rojo sobrante de una de las copas de vino, creando un reflejo parecido a un pequeño rayo láser. Tropecé, y pese a mantener el equilibrio, una gota de chocolate se lanzó hasta mi camisa como queriendo salvar su vida. Nos reímos como dos niños. “Espera, voy a mojártelo un poco para que no quede mancha”. Empapó la punta de una servilleta y se puso a limpiar despacio, con mucho cuidado, el circulito chocolatero que había alcanzado mi pecho como un disparo de pistola. Al frotar a un ritmo tan lento, no pude evitar estremecerme. Ella lo notó y, dejando la servilleta, desabrochó dos botones, como para comprobar si el chocolate había alcanzado mi piel. Efectivamente, había una pequeña traza del accidente, que se puso a limpiar con la boca mientras mis manos, inevitablemente, se posaban como dos naves en el planeta de su cuerpo. Jamás pensé que unos labios pudieran tener tanta fuerza. Mi excitación fue en aumento y mis manos pasaron de su espalda hasta sus hombros, deslizando una parte del vestido hasta mostrarme la única prenda inquebrantable, capaz de resistir sus senos sin caer rendida. Llevaba un sujetador de color negro que dejaba entrever en cada copa el color rosáceo que coronaba las cumbres, y pensé en el privilegio de tan honrosa misión: era el encargado de sostener y proteger una de las zonas más sensibles de su cuerpo. Qué suerte. Por respeto, lo bordeé con las yemas de mis dedos, como si estuviera reconociendo la forma para un catálogo de lencería para ciegos. Dicen que en momentos de excitación, el tamaño del pecho aumenta hasta un veinte por ciento. No se me dan bien las matemáticas, pero fui testigo de la lucha que se inició entre sus dos preciosas formas de mujer y el sujetador, como si sus senos quisieran liberarse por la fuerza, y aunque la prenda privilegiada se resistía, las puntas iban ganando terreno, tensando la tela. Para calmar el efecto, creí que lo mejor era besarlas, pero el resultado fue el opuesto. Su cuerpo se alteró aún más y noté que había dejado de jugar con sus labios y ahora respiraba con más fuerza. Mi lengua humedeció la fina tela calada, y al sentir esa humedad, su boca emitió, sin abrirse, un sonido sin vocales. Sus manos agarraron mi pelo y tiró hacia atrás, como reteniendo mi acción, como si me estuviera apartando por precaución, y al separarme un poco pude ver su cara, con los ojos entreabiertos mientras sus piernas se iban abriendo y acoplando mi cuerpo al suyo. No dejábamos de movernos, y nos besamos otra vez, ahora con un ímpetu tal que creí que íbamos a rompernos las mandíbulas. Fue ella la que llevó de nuevo mis manos hasta su pecho, y esta vez, decidí que la ropa estaba de más entre nosotros, así que liberé sus senos agradecidos y entre convulsiones, sus manos buscaron mi deseo creciente para acercarlo al suyo... ... ... ... ... ... ...

Aquella noche fue tan larga que duró tres días. Desde ese momento, cada vez que enciendo una vela, veo el brillo de sus ojos, y recuerdo su cuerpo, y pienso que Dios y el Diablo no deberían jugar y hacer apuestas, porque acabarán perdiendo, los dos.

19 noviembre 2006

Nunca te he regalado una estrella

Nunca he sido capaz de regalarte una estrella, que te diera tanto calor en invierno que cerraras los ojos para volar hasta una playa soleada, con palmeras. Nunca he sido capaz de mostrarte una luz tan intensa que, en noches oscuras, te diera la luz suficiente para no sentirte sola. Nunca he logrado que busques un astro en el cielo, pensando que tiene que estar ahí aunque no lo encuentres. Nunca te he ofrecido un punto de referencia, que te ayudara a localizar el norte, ese norte que se pierde tantas veces.

Nunca te he regalado una estrella, tan lejana, que lo que ves sea parte del pasado, y tan cercana que sientas que todavía puedes verla, una estrella que marque en tus ojos el brillo suficiente para seguir caminando, en este mundo sin estrellas.

12 noviembre 2006

It's not a crime

Como un niño, no consigo comprender y sigo soñando
Como un adolescente, no paro de escuchar esta canción
Como un adulto, me equivoco
Como persona, soy un estúpido

Estupidez: "torpeza notable en comprender las cosas".


DEEP WATERS (Incognito)
(J.P. Maunick/R. Bull)

Is it a crime
For me to be feeling this way
I’m going out of my mind
And there's no change from my runaway love
Is it a dream (Is it a dream)
That I'm throwing in the wishing well
I'm losin' control
Body and soul (Body and soul)
Standin' here waiting for a train that may never come
I saw the signs
I'd read the book
I should have had a second look
But, girl you caught me dreamin'
And there were times you'd come around
And we'd agree just to be friends
Tell me who was foolin' who

Chorus:
Deep waters, I'm drownin' in
Deep waters, slowly drownin' in deeper
Deep waters, I'm drownin' in
Deep waters, slowly drownin' in deeper

What do I say, what can I say
Where words have failed me before
What do I do, when I'm feeling so blue
And there's no place, for me to run and hide
I saw the sun inside your smile
And wished for more than just a while
Cause, girl you caught me dreaming
A giant step into the dark
We threw caution to the wind
Tell me who was fooling who

Chorus
(I'm drownin')(Deeper, deeper, deeper)(I'm drownin' in deeper)
Oh, I saw the signs
I read the book
I should have had a second look
'Cos, girl you caught me dreamin'
And there were times you'd come around
And we'd agree just to be friends
Tell me who was fooling, fooling who
Chorus Repeat (Fade)

11 noviembre 2006

Palabras contra paredes

Hay días en los que las palabras que intentas hacer llegar a otros oídos rebotan contra las paredes de la indiferencia, y vuelven dañadas, con contusiones. Así, lanzo “cariño” y vuelven, discutiendo, las supervivientes “riña”, dejando por el camino dos letras y un significado que podían haber cambiado el rumbo de la historia. Si digo “Amor”, sólo regresa “mar” en un oleaje inmenso y peligroso, dispuesto a engullir al pirata más intrépido que se cree capaz de llevar una nave a buen puerto, pobre idiota, una nave de papel. Un “te quiero” se convierte, al golpear contra la pared fría y dura de quien no quiere escuchar, en un “¿qué?” tajante de desdén y extrañeza, matando despacio todo el significado real de un verbo que, a menudo, se tergiversa.

No quiero hablar más contra las paredes, no quiero hacerle daño a mis propias palabras, que sólo pretenden traducir lo que tengo dentro.
No quiero que mis palabras se desentiendan, ni que nadie las transforme.
Cariño es cariño, y nadie debería cambiar este sentimiento.

01 noviembre 2006

El niño 3/3

Creía haber amaestrado su lengua, pero ésta seguía haciendo de las suyas. A menudo, se daba cuenta del exceso de sus palabras, eso sí, la erre había dejado de ser un problema.

No sé si nacer es bueno o malo, pero sé que ser adolescente es lo peor, y ser adulto es empezar a caminar hacia el final. Adulto. Erre.

Trabajaba en una ciudad gris, en un edificio gris, en una oficina gris. Suplía la monotonía de los colores fríos a golpes de imaginación, una amiga fiel de la infancia.

Hasta que un día...

Solía madrugar, y tras una ducha estimulante, se preparó un exquisito café, solo, corto y cremoso, y se sentó frente al televisor. El primer informativo barría lo cotidiano con aburrimiento, hasta que una noticia relacionada con una estrella le hizo prestar atención: “La Estrella S141271, perteneciente a la constelación de La Ardilla ha sido fotografiada con nitidez desde un observatorio de la provincia de Cuenca. Les dejamos con estas bellas imágenes y nos despedimos hasta...” apagó el televisor, buscó las llaves de su coche y se marchó, sin saber por qué, a la hora en la que las ciudades aún duermen.

Llegó al lugar en el que las luces de los semáforos se enamoran, y le pareció recordar levemente haber estado allí cuando era más pequeño. Las imágenes de un paso de cebra se mezclaban con las de una tarde en la que miraba al cielo, a más de mil kilómetros de allí. Se detuvo ante el semáforo en rojo, y vio cómo se disponía a cruzar, bajo una fina lluvia, una chica muy guapa que caminaba apresuradamente, sin duda llegaba tarde. Observó su delicada figura y sus rasgos, un pelo precioso protegido del agua por un paraguas de los que nunca se cierran bien, y una forma de andar tan especial que, sin querer, sonrió sin entender todavía qué hacía allí, al otro extremo de la ciudad.

En un lugar del Cielo, Dios jugaba a los dados con el Diablo.

Su timidez no le impidió bajar la ventanilla para gritarle, en un inesperado impulso: “Perdona, ¿nos conocemos?” Ella había alcanzado la mediana del ancho Paseo; se giró, sorprendida y sonriendo, iba a contestar cuando un autobús que circulaba en sentido contrario se quedó sin frenos y pasó a gran velocidad por su lado, golpeando su paraguas que saltó por los aires en mil pedazos.

Salió del coche y tuvo que abrazarla para que la dulce muchachita no se cayera, sus piernecitas de princesa casi no la sostenían y el susto la hacía temblar, pero soltaron la tensión del momento en un ataque de risa cómplice, como si se conocieran desde siempre. La risa dio paso a una mirada intensa y profunda. El silencio se rompió cuando él, sonriendo, le dijo: “Eres la Estrella S141271”, acariciando su pelo, suave como la cola de una ardilla roja.

13 octubre 2006

La segunda vez que estaban juntos y la primera que estaban tan cerca

Lo que queda grabado en la memoria de un niño, fruto o no de su imaginación, es, para él, mucho más real que la propia realidad. Esta mañana, he fotografiado las luces verdes y rojas, porque el lugar existe, sigue existiendo, y los personajes también.

08 octubre 2006

El niño (2/3)

Empezaron a caer unas gotas de lluvia, que le dieron al Paseo de Extremadura un aspecto aún más triste. En el atasco de subida, el muchacho se preguntaba para qué servirían esas aspas rojas y flechas verdes, señales luminosas que nunca había visto antes. Todo era nuevo para él, pero los cambios no son siempre agradables cuando tienes doce años. Y cambiar de país, de amigos, de colegio, de idioma, no era fácil. “Papá, ¿qué quiere decir esa señal ddoja?”. La maldita “erre” se le seguía resistiendo, con un agravante: ya no estaba la mano de su madre, y ahora tenía que enfrentarse a las burlas de sus compañeros de colegio. Edad cruel. Su padre le respondió con desgana: “Señala carriles no habilitados en el sentido de la circulación, éstos se van alternando en función del tráfico”. (“Caddiles, Tdáfico...”) desistió, su lengua torpe no obedecía a la orden de: “vibra”, y se sumergió de nuevo en sus pensamientos. En algo no había cambiado: seguía siendo un soñador, y ahora se imaginaba que las luces se ponían a jugar, cambiando de aspecto y color cada cinco segundos para crear un pequeño caos en el tráfico, que ya era caótico en 1977.

El coche se detuvo ante la luz roja de un semáforo. Una familia cruzó por el paso de cebra. Delante iban los padres, protegidos por un paraguas, y detrás de ellos, tres niñas. Las dos mayores tenían agarrada de la mano a la más pequeña, tirando de ella como si fueran una pareja de la Guardia Civil que acaba de pillar en alguna trastada a una delincuente. La pequeña arrastraba los pies y su paraguas de juguete, que ni siquiera había abierto, se iba destrozando con el roce del asfalto. Tendría unos seis años, y por cierto, era muy guapa.

Desde el coche, el muchachito desubicado observó su caminar destartalado, y probablemente algo le llamó la atención, pese a la imagen levemente distorsionada por el efecto de la lluvia en el cristal. La niña también se paró, y giró su cabecita. Sus miradas se cruzaron, pero cuando él intentó abrir la ventanilla para verla mejor, su padre le disuadió con un grito. “¡Juan-José! Cierra.”

Al mismo tiempo, las hermanas de la niña guapa tiraron de ella para que avanzara y sus bracitos se tensaron, obligándola a seguir caminando y mirar hacia delante.

Se fijó en sus calcetinitos, uno subido y otro bajado, cuando un relámpago iluminó la ciudad. La niña alzó la vista hacia el cielo, él también lo hizo, y las trayectorias de sus ojos coincidieron en una nube con forma de chocolatina.

La luz verde del semáforo se encendió, enfadada porque una vez más, no había conseguido coincidir con su adorada luz roja, a la que amaba en silencio, pese a la distancia y a la eterna presencia de Ámbar, esa luz corta que sólo servía para separarles o para parpadear (porque no tenía las ideas claras).

Los padres de la pequeña la regañaron cuando pisó –a conciencia- un charco, y se puso perdida, y sobre todo, la regañaron porque había puesto perdidas a sus hermanas. Ella miró al suelo, orgullosa de su hazaña, y se regodeó en las salpicaduras de sus hermanas con cara de angelito travieso, como una pequeña Cenicienta que conoce el futuro.

Pero el coche arrancó, y sus vidas, aunque se habían vuelto a rozar, se distanciaron de nuevo. Con la radio de fondo, sólo se oía el sonido del motor, el golpeteo arrítmico de las gotas de agua contra la chapa, y la voz tenue del muchacho canturreando la canción que emitía la emisora, sonido “disco”, finales de los setenta, sin pensar que era la segunda vez que estaban juntos, y la primera que estaban tan cerca.

14 septiembre 2006

El niño (1/3)

El pequeño caminaba apresuradamente para no perder el ritmo que le marcaba su madre. Sus diminutas piernitas delataban su edad, unos seis años. Hacía frío, era invierno en París. Si no recuerdo mal, esta historia ocurrió en diciembre, a mediados. Lo sé porque la ciudad entera se había puesto las mejores luces para celebrar la Navidad como se hacía antes: con alegría. Pasaron al lado de una casa de color rojo y el pequeño se quedó mirándola. “Doja, mamá, doja”. “Sí, rrroja, hijo. Anda, camina, que llegamos tarde”. El niño volvió a sus ensoñaciones, su imaginación desbordante le llevó a pensar en cosas rojas: una camiseta, una fresa, una cereza, un limón… perdonadle, sólo tenía alrededor de seis años.

Se subieron al autobús número 14, el que les llevaría hasta su lugar de destino. Encontraron sitio para sentarse, y el muchachito pegó su nariz al cristal para fijar su atención en el logotipo de una caja de ahorros, muy de moda a principios de los setenta, que aparecía en un cartel de la parada. “Regarde, maman, un écureuil”. “Ardilla, es una ardilla”. “Addilla”, repitió con dificultad el pequeño. Y su mente se fue hasta un bosque lleno de addillas dojas.

Se bajaron diez paradas después y llamaron a la puerta de una pequeña casa destartalada, con un jardín descuidado, en las afueras de París. Sin embargo, y pese al aspecto deplorable del entorno, olía bien. Les recibió una señora mayor, amiga de la familia, quien permitió al chavalín que se quedara jugando en el jardín, siempre que no se desabrochara el abrigo reciclado de su hermano mayor que le resguardaba del frío. El crío se sentó en una piedra, junto a un enorme castaño, y se puso a mirar al cielo. Como casi siempre, había nubes, muchas nubes de algodón, que le recordaron primero una de sus golosinas favoritas. Pero, tras un rato de observación, las nubes fueron formando imágenes en el cielo gris de la ciudad. La primera fue algo parecido a una letra, que el pequeño dibujó en el aire, sonriendo. Después, otra nube mucho más compleja le hizo fruncir el ceño hasta que la imagen se formó en su pequeño cerebro. Era una nube en forma de princesa, muy parecida a la de un cuento que andaba por su habitación. “Une princesse”, dijo en voz alta, como hacen a veces los niños solitarios. Por fin, una tercera nube, la más grande, se fue desvaneciendo sin que él se diera cuenta que estaba anocheciendo, hasta que desapareció dando paso a una hermosa luna. Volvió a sonreír y un escalofrío recorrió fugazmente su espalda; mientras, una estrella en el cielo pareció brillar por un momento con mucha más intensidad. Pensó que esa estrella debía encontrarse a más de mil kilómetros, porque los niños saben que el universo no es tan grande como lo dibujan los mayores (qué sabrán los mayores del universo).

Regresaron a casa, ya era tarde, y después de cenar, el pequeño se acostó con la sensación de que ese día, había ocurrido algo, pero como era un crío, unos seis años, se durmió a los dos minutos y no volvió a recordar esta historia.

Más de treinta años después, el niño se convirtió en un hombre capaz de pronunciar casi con claridad la letra erre. Una noche en que la luna resplandecía entre nubes con formas, escribió una pequeña historia dedicada al nacimiento de la dulce Ardilla con la que sueña cada noche, y cuando terminó, pensó que le quedaban todavía muchas cosas por contarle.

09 septiembre 2006

Tocar


Foto: Guitarra de un Gato Callejero

Te colocaré cuidadosamente en el suelo de madera, para contemplar la forma que se intuye debajo de tu vestido negro. Seguiré con un movimiento continuo tu elegante perfil hasta llegar a los corchetes, que iré desabrochando despacio. Clac. Clac. Aparecerás desnuda, reposando sobre la ropa abierta, y tu cuerpo destacará del fondo negro por el color de fuego de tu piel. Mis manos te recorrerán desde arriba hasta abajo, y te estremecerás emitiendo una casi imperceptible vibración. Te engancharé a mi cuerpo con una correa negra y con tu consentimiento, para que estemos atados, libremente atados. Emitirás un sonido breve cuando establezca la primera conexión, mezclando la sorpresa con el placer, y mis dedos se colocarán en los lugares exactos para provocar tus gemidos más agudos y tu respiración más profunda, mientras mi cuerpo te empuja con suavidad, rítmicamente. La temperatura alcanzará su punto más alto, y cuando me pidas que me detenga, extenuada, lo haré despacio. Al terminar, me dirás que no quieres vestirte, que prefieres permanecer desnuda, y me pedirás que no afloje la correa, porque necesitas sentir que sigues pegada a mí.

Hoy tengo ganas de tocar(te).

29 agosto 2006

Cuando cierras los ojos y te duermes

Sé que estás cansada, agotada tras un día largo en un mundo grande para alguien tan dulcemente pequeño como tú, y por eso, te duermes, al fin, y cuando tus bonitos párpados protegen tus ojos preciosos de lo que queda de luz, y cuando tu cuerpo se relaja entre las afortunadas sábanas que lo envuelven, formando una silueta con tanta simetría como encanto... dejas de percibir lo que ocurre a tu alrededor. Pero yo sí lo veo, porque no duermo nunca. Voy a contártelo al oído, para que sólo lo sepas tú.

Los planetas se acercan al sol y se ponen a girar ordenadamente en un corro en el que también está Plutón: “”Eh,, que soy pequeño pero sigo siendo un planeta, puedo participar, ¿verdad?” “Claro”, le responde el Astro Rey. “Eres uno de los nuestros, baila con nosotros y celebra que ella al fin descansa”.

Y mientras, tú te vas adentrando en el Mundo de los Sueños, mientras yo velo tu descanso...

Los árboles del bosque que rodea tu casa se ponen a enumerar tus hazañas del día. “Hoy se ha tomado el desayuno enterito. ¡Quién fuera desayuno...!”. “Me han dicho que se ha probado un vestido que le quedaba tan bien, que el dueño de la tienda se lo ha regalado”. “Yo tengo el privilegio de estar en su ruta de entrenamiento, y ha pasado tan cerca de mí, que he podido sentir el aire sacudido por su pelo largo”. “(llorando) Yo quiero que me planten al lado de su casa”. “Cállate, Sauce Llorón, no empieces con la llantina”. “¿Sabéis si se ha dormido ya?”. “A ver si espabilas, Higuera, que estás como tonta. Claro que se ha dormido, por eso hablamos”. “¿Podemos cantarle una canción de amor?” . “¡Ni hablar, Perales!”...

Ahora estás dentro, en el paraíso Onírico que te ha recibido como la invitada de honor, y te subes a lo alto del arco iris para dejarte caer por él, como si fuera un tobogán. Tranquila, te recogeré cuando llegues abajo.

Los delfines del zoo han venido volando hasta mi casa para preguntarme cuándo te voy a llevar a verles. Dicen que quieren nadar contigo...

Una ardilla me ha ofrecido sus mejores nueces, dice que son para ti...

Y tú, ahora, estás en una playa bajo el sol, y el mar te mece, y te quedas dormida dentro de tu propio sueño, y sueñas que sueñas. Y en tu sueño, dentro del sueño, recuerdas que no te llegué a contar la historia de los dedos, y que tenías que haberte comprado los vaqueros tan chulos, y que te apetece volver a verme.

Entonces despierto de mi sueño, en el que he entrado sin dormir, y veo que tú sigues durmiendo y soñando, y te arropo desde aquí, aunque hoy te sienta tan lejos, y me duermo para soñar que soñamos el mismo sueño.

20 agosto 2006

Vidrio y Papel

Basado en una historia real
Foto: Juanjo

Cerca de su portal, hay dos contenedores de vidrio y papel que la ven pasar todos los días. A veces hablan, a veces les oigo... Esta historia ocurrió hace muy poco.

Vidrio: Qué calor hace hoy, ni siquiera tengo una jarra de agua fresca.
Papel: El abanico que he improvisado con cuatro cartones sólo sirve para remover el aire caliente.
Vidrio: Mira, creo que la he visto por la ventana.
Papel: No lo creo, aún es pronto y anoche estuvo leyendo el periódico hasta muy tarde.
Vidrio: Si tuviera unos prismáticos, podría verla de cerca.
Papel: Yo estoy cansado de esperar, voy a pasar a la acción: le estoy escribiendo un cuaderno de historietas.
Vidrio: ¿Y si la invito a tomar un buen vino? Tengo alguna botella.
Papel: Cuando pienso que las ramas de ese árbol están tan cerca de su terraza que una ardilla podría subir a verla todos los días...
Vidrio: Sí, qué suerte. Estoy pensando... si el vidrio procede de la arena, cuando está en la playa, es como si estuviera conmigo.
Papel: En cierto modo, pero no olvides que cuando sale a correr por el bosque, está rodeada de árboles, millones y millones de hojas potenciales en las que algún día, alguien le escribirá cuentos, papel que se convertirá en historia.
Vidrio: Tienes razón, además no tenemos nada que hacer. He oído que van a traer un contenedor de reciclado de envases de plástico.
Papel: ¿Plástico? ¡Qué aberración! Eso no es natural, no creo que a ella le guste.
Vidrio: Ya, pero es amarillo, moderno, actual, los clásicos como tú y como yo tenemos los días contados.
Papel: Sí...los días contados...

Ella apareció, guapísima, por cierto, y se acercó de repente a los dos contenedores, que se quedaron callados y quietos. Tiró una botella en el de vidrio, pero se detuvo antes a releer la etiqueta, como si quisiera memorizar la cosecha, debía ser un buen recuerdo. A continuación, tiró un par de periódicos viejos que venían de lejos. Sonrió al mirar las fechas, cosas suyas.

Al subir la cuesta, los dos contenedores parlanchines aprovecharon para contemplar su silueta, que desaparecía a saltitos hacia un nuevo día. Se subió al coche verde, que arrancó cariñosamente, con una sonrisa dibujada en sus faros.

11 agosto 2006

Paris, une nuit du mois d'Août 2006


Basado en una historia real
Foto: 9 de agosto, Juanjo


He vuelto a pasear por las calles de mi ciudad preferida, y aunque estaba lejos de ti, he sonreído imaginando que se dirigían a ti los vendedores de los puestos, que salen a la calle a ofrecer sus productos. Te he visto diciendo: “non, merci”, con tu educación y tu “gentillesse”. Hemos visto escaparates de lujo, y te has probado un vestido caro, y estabas preciosa. Te he llevado a un café de la rue Montorgueil, y eras tú quien tenía que hablar con la camarera: “Juanjo, no me hagas esto”, y me he vuelto mudo para que practicaras el idioma, y la camarera ha puesto una ligera cara de asombro al tomar nota, y nos hemos reído al ver que nos traían diez cervezas. “Bueno, eso es lo que has pedido” y me has arreado un guantazo cariñoso en ese local oscuro, con velas, muy parisino. He cenado contigo hasta muy tarde, más que en Madrid, porque los parisinos se han vuelto más permisivos, y te ha encantado el postre. “Mmmmmmhhh”, y al volver al hotel, el taxi ha bordeado La Seine, y te he señalado edificios iluminados, l’Île Saint-Louis, los campanarios de Nôtre-Dame, y te has acurrucado contra mí, porque hacía fresco, y la luna llena sobre París nos ha transformado, como en una vieja canción, et tu m’as embrassé, sauvagement.

06 agosto 2006

Lejos

Foto: Juanjo, recordando la última puesta de sol que vimos juntos

01 agosto 2006

Los ingredientes

Huevo soñaba con fundirse en Ella. Harina pensaba constantemente en Sus dedos. Azúcar imaginaba cómo sería jugar con Sus labios. Levadura fantaseaba con Su lengua. Mantequilla y Leche discutían sobre quién de las dos conquistaría Su corazón. Pizquita de Sal se erotizaba con la idea de pasear entre Sus dientes.

Se pusieron de acuerdo y decidieron salir en busca del único que podía ayudarles: Bollito, el pastelero. Bollito había sido uno de los mejores pasteleros del barrio, y su fama se extendía por toda la ciudad. Su pan era, también, el mejor de los panes. Llegó la pastelería moderna, industrial, y un día, decidió no volver a amasar nunca más, porque consideró que el ser humano era desagradecido por naturaleza.

¿Habéis visto alguna vez un grupito de ingredientes caminar por la calle en busca de un pastelero retirado? Pues es lo que vieron los que se cruzaron con Harina, Mantequilla, Pizquita de Sal, Huevo, Leche, Azúcar y Levadura.

Bollito, el pastelero, daba largos paseos por la Casa de Campo de Madrid. No les costó localizarle. Escuchó la extraña petición del extraño grupo que tenía un extraño plan, y aceptó. Le acompañaron hasta una cabaña que parecía abandonada, y cuyo centro estaba dominado por un hermoso horno antiguo. Ceremoniosamente, se despidieron antes de que él los mezclara. Después, sintieron mucho calor, pero al final consiguieron su primer propósito: se habían convertido en un hermoso croissant.

¿Os he hablado de él? Bueno, no hay mucho que decir. El caso es que él se fue a dar una vuelta mientras hacía tiempo para verla, y le llamó la atención el olor delicioso que provenía de una cabaña que parecía abandonada. Se atrevió a entrar y se encontró con Bollito, el pastelero, que le tendía con amabilidad el croissant que había elaborado cuidadosamente, como antaño. “Toma, es para Ella”. Le dio las gracias, sin entender, y se fue a buscarla.

Cuando Ella llegó y vio el manjar sorpresa, emitió un par de grititos característicos que, en su lenguaje, querían decir que estaba muy contenta y que se lo iba a comer de inmediato.

Tomó el croissant con sus deditos, muy bonitos por cierto. Al morder, Levadura, Harina, Huevo, Azúcar, Mantequilla, Leche y Pizquita de Sal, los ingredientes que se habían unido para llegar hasta su boca sintieron un placer inmenso. Ella también sintió un gran placer, y él, al ver su cara de felicidad. Y Bollito, el pastelero, volvió a hacer pasteles, pan y bollos, exquisitos, que olían bien.

Y el mundo mejoró un poquito, no mucho, pero un poquito.

29 julio 2006

Le Jardin de l’Oubli (El Jardín de la Memoria)

He contado historias del Bosque, pero nunca del Jardín. Hay un Jardín, donde a veces, se pierde y allí, no puedo encontrarla. Lo hace porque quiere, es su voluntad, consciente del abandono al que me somete cada vez que decide darse un paseo por el Jardín de la Memoria, que malintencionadamente, he llamado en francés “Le Jardin de l’Oubli”, y no es un error de traducción, es una doble interpretación.

En ese Jardín, deja de ser el Angelito Adorado, la Flor más hermosa, la Ardilla Traviesa, y su mirada se vuelve tan fría que tengo que buscar un refugio que no tengo, para protegerme de una probable hipotermia de cariño. Allí, se recrea en su memoria, y disfruta con los protagonistas de su pasado, y arropándose en ese pasado, olvida su presente, un presente que pronto se convertirá en hojas secas de pasado también, pero del pasado inútil, del que hay que retirar del Jardín.

Cada vez que lo hace, yo, presente continuo inexplicable, veo de lejos cómo se aleja.

Ellos son los que estuvieron, a veces. Yo soy el que decidió un día no dejar de estar. Y el que busca colores, sabores, sonidos, aromas, suavidad, para ella.

Soy la Sombra del que escribe, pero esta noche, me duelen los dedos.

El gato volverá a las calles, a pasear por los tejados, a sonreír con su mirada canalla, y a maullar para que le echen algo de comer, pero puede que cambie de Callejón, y que no resulte tan fácil encontrarle.

25 julio 2006

Todos los días son tan aburridos como un domingo


Everyday is like Sunday
everyday is silent and grey

(Morrissey)

El camino hacia el lugar en el que trabajo es un decorado tan aburrido como un telediario que siempre dice lo mismo. Guerra-Atasco. Corrupción - Oficina. Cotilleos-Cotilleos.

Amanece, sí, que no es poco, pero tampoco es mucho. Y veo en la Bola de Cristal de mis recuerdos todas aquellas pequeñas costumbres espontáneas, paradoja poética, que se convirtieron pronto en gotitas de agua bendita caída del Cielo de la Ilusión. Esta noche no hay ni una nube, y no creo que llueva.

He vuelto a subir a los tejados, porque nunca he dejado de ser un Gato Callejero. Y lo que veo es lo de siempre: una ciudad dormida eternamente. Creo que mis maullidos desesperados no consiguen alcanzar los oídos de los que no quieren escuchar. Y tú... ¿me estás oyendo?

24 julio 2006

Para ella

Sol, despiértala suavemente, subiendo despacio su persiana, y acaríciala hasta que abra los ojos, sin deslumbrarla.
Espejo, hazle ver que es la más bella del Reino, y que no hay otra como ella.
Agua, despeja los restos de sueño que asoman por su rostro, y provoca su primera sonrisa.
Pan, sal del horno tierno pero crujiente, con el tueste adecuado para que no pueda resistir la tentación de morderte, y sé consciente de tu suerte.
Prendas, cubrid su cuerpo con cariño, y que su piel sienta la suavidad de vuestros tejidos.
Cochecito, llévala sin sobresaltos, y tú, caja de cambios, pasa de una marcha a otra sin que lo note, y vosotros, frenos, actuad sólo cuando sea necesario pero no la mováis demasiado, para que su viaje sea placentero.
Naturaleza, despliega para ella lo más hermoso del amanecer, y hazle sentir la vida que tienes dentro y que le brindas todos los días.
Oficina, no seas tan hostil, y haz que su jornada sea corta; y tú, pantalla, no se te ocurra abusar de sus ojos, porque te desconectaré si veo que lo intentas.
Teléfono, no suenes más de lo necesario y que todos tus mensajes sean alegres.
Tarde, regálale una temperatura agradable, y una piscina sin gente para nadar, y un helado de chocolate.
Luna, ven a darle las buenas noches, y comparte con ella los secretos del tiempo, y acompáñala al País de los Sueños.
Y ahora, vosotros, Angelitos, cuidadla mientras duerme, para que mañana el sol la vuelva a despertar suavemente y su vida tenga vistas al Mar de la Tranquilidad.

18 julio 2006

El Bosque (epílogo)

Hace mucho, mucho tiempo, años, que son como varias navidades o como varias vacaciones en la playa, imagínate, conocí a una ardilla. Era tan guapa, y tenía una mirada tan pura, y me escuchaba con tanta atención, que enseguida supe que era una ardilla especial. Vivía en un bosque denso y frondoso en el que no me atreví a entrar, porque ya estaba habitado; los cantos de sirena de mi entorno me terminaron de alejar de ella. Y pasó el tiempo, mucho, mucho tiempo, años, que son como soplar las velas de una tarta varias veces, o como mirarse en el espejo y ver que has cambiado. Descubrí que las sirenas son seres mitológicos creados por uno mismo, y que en realidad no existen más que por la imagen que nos hacemos de ellas. El desengaño, la decepción me devolvieron a una profunda soledad. De pronto, de repente como cuando empieza a llover sin avisar, o como cuando alguien te hace un regalo porque sí, vi que la ardilla seguía saltando de rama en rama, y me miraba, y me escuchaba con la misma atención que antes, hace mucho, mucho tiempo... bueno, eso.

No me invitó a entrar con palabras, pero poco a poco, observé por sus gestos que me permitía tímidamente acercarme a su Bosque, adentrarme en él. De hecho, empezó a comer algunas nueces cuando yo se las ofrecía, y su confianza fue creciendo, tanto que me tiraba las cáscaras vacías a la cabeza si no le quedaban existencias, y era capaz de comer a su manera delante de mí, con sus mordisquitos de animalito salvaje, sin pudor, dejándome acariciar su larga y preciosa cola, que daba calorcito en invierno.

Jugué con ella a desafiar al viento, a cortarlo corriendo por su Bosque, aunque ella aguantaba esas carreras mucho más que yo. Conocí el Río de los Recuerdos, un río de aguas tumultuosas, abundantes y que bajaban con tanta fuerza que podían llegar a arrastrarte. Me enseñó la Gruta de los Secretos, un lugar íntimo de acceso restringido, y compartimos la paz del Claro de las Flores Malvas, tumbados, mirando al cielo, un punto exacto de su Bosque donde había tanta belleza que la emoción podía hacerte llorar.

Me convertí en un visitante habitual y, todos los días, buscaba alguna atención, un pequeño detalle para ella, inventaba historias en su honor, y llegué a crear mundos imaginarios llenos de ángeles que velaban su descanso, animalitos que la hacían sonreír, y lunas que hablaban, para estimular sus sueños.

Las ardillas son inquietas y revoltosas; Ardillita (hasta su nombre era bonito), vivía muy pendiente de todos los habitantes de su Bosque, los que siempre habían estado allí (esta historia ya la he contado anteriormente en el Diario de un Gato Callejero, ¿os acordáis?), y necesitaba seguir con su vida porque no aceptaba tantas novedades que no le hacían falta. Un día, me hizo ver con ciertos silencios combinados con algunas duras palabras, que estaba de más, que ocupaba demasiado su tiempo, y que ese no era mi Bosque. Yo sólo quería hacerla muy feliz, os lo prometo, palabra de Perrito, y comprendí que no era yo quien conseguiría tan bello propósito.

Me marché, salí del Bosque sin regresar al mío, porque ya no había lugar donde pudiese estar sin recordar sus ojos, su rostro, sus manitas, su pies de ardilla, su hermoso pelaje, y sobre todo, lo reconfortante que era pasar las horas con ella en cualquier lugar haciendo todo o nada, y escuchar su voz, y abrazarla... y sentir su presencia, la más cálida que haya sentido jamás.

Caminé por un sendero que no conocía, el Sendero del Final, un camino solitario que me llevó hasta la imponente presencia del Océano del Fracaso, donde las Olas de los Errores Cometidos golpean con tanta fuerza que hacen daño. El agua no tardó en buscarme y me atrapó.

Sólo queda de mí una sombra, que se mueve silenciosamente en el vacío de mi inexistencia.